24 May, 2009

Esto de estar bien no está mal del todo

Todas las luces apagadas. El ordenador encendido y una vela llameante. La habitación estaba en penumbra…

A Sophie le encantaba esa palabra. Penumbra. Esa sombra débil entre la luz y la oscuridad que no deja percibir dónde empieza la una y acaba la otra. Ella a veces se sentía así. Algunos días mimosa y otros días arisca, llena-vacía, feliz o triste, inevitablemente dependiente o independiente directamente. Así era Sophie, como la penumbra. 

Se encontraba sola, sentada en la cama, con la espalda apoyada en las almohadas contra la pared y las piernas recogidas. Escuchaba música con sus cascos puestos. El pelo recogido en un moño mal hecho cogido con una goma de color rojo. Vestía un viejo vestido de color azul añil que terminaba donde empezaba el edredón blanco. Hacía ya frío. Ella no lo sabía pero ese día estaba particularmente guapa.

Pensaba, mientras las canciones sonaban y el incienso subía al techo y se esparcía por aquel pequeño cuarto, en la gente de su vida.

La gente con la que se cruzaba a diario por la calle, la gente que había dejado atrás, la gente para la que trabajaba, la que conocería en el futuro, la gente en su misma situación y peor y mejor y sobretodo, en la gente que siempre sentía cerca.

Llamó a Amy y le dijo de quedar. Le apetecía hablar con aquella chica, le parecía interesante. No se verían hasta las ocho. Bueno, todavía tenía algo de tiempo.

Así que estiró las piernas y siguió zambulliéndose en su mundo.

Qué tarde tan fantástica… se dijo Sophie.


tags: cuentos, personal

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