20 June, 2009

Sigo teniendo hambre

Hay dos tipos de “si”s. Uno, los premonitorios que vienen precedidos por una “y”… ¿Y si pasa esto?. O dos, los pretéritos, que vienen seguidos por el “hubiera”… Si hubiera hecho aquello… Y la verdad, es que no sé cuál es peor.

El martes llegó M y después de seis meses sin vernos volvíamos a estar juntas. Claro, esa noche dormimos muy poco, culpa del jet lag y de las chácharas interminables.

Al día siguiente, miércoles, me levanté temprano para ir a trabajar. Cuando terminé quedé con M a la salida de una boca de metro, nos dirigimos a la peluquería donde se encontraba el peluquero japonés que me había elegido como su modelo para una sesión de fotos.

La cosa fue de la siguiente manera: 2 minutos para ver cómo tenía el pelo en seco, 10 minutos para lavármelo y secármelo, 20 minutos para hacerme el corte general, y 210 minutos para retoquitos con la tijera y maquinilla. En total tres horas sentada en una silla poniendo la cabeza en diagonal.
Llegamos a casa súper tarde, cenamos unas hamburguesas y nos fuimos a la cama.

El jueves sonaba de nuevo el despertador. Yo sobreviví a otro día de trabajo sin mi necesitado café después de haber dormido tan sólo cinco horas. M durmió cuatro. Cuando llegué a casa me esperaba una ensalada riquísima y un pollo empanado delicioso. Acompañado con aloe vera.

Hoy suena el despertador. Nos levantamos después de haber dormido otras seis horas. ¿No está nada mal la media eh? Cogemos las maletas y salimos de casa. Subimos el metro y a la siguiente parada nos despedimos y M desaparece del lugar con su equipaje. Qué visión tan usual. Yo me voy de nuevo a la peluquería. Llego en punto y empieza el show…

Me tomo un café, ya llevo dos a las ocho y media de la mañana, me coge mi peluquero, me pone los colores, me seca y me retoca de nuevo. Entretanto el lugar se llena de más peluqueros, más modelos, la fotógrafa, los jefes, las maquilladoras, todos hablan corren, intentan tenerlo todo listo…  Nao, mi estilista, que así es como le llamaban (tiene guasa la cosa ¿eh?), aparentemente tranquilo, me da serenidad en todo momento, me siento como si fuera un día cualquiera. Se tira casi 4 horas y media para tenerme lista. Bajo al sótano. Me coge una chica rusa y se pone a maquillarme y en unos 40 minutos ya estoy lista. Con mis pestañas postizas e imposibles, la cara perfectamente blanca, unos ojos impresionantes y unos coloretes tan preciosos que acompañaban muy bien a ese rosa pastel de labios. Parecía una muñeca. Y hasta ahí, todo va como la seda…
Hasta que aterrizo en la realidad. Despierta, me digo, estoy en una sesión de fotos profesional.

No sé si es que nadie se da cuenta que mis caderas no entran en la talla 32 pero por fin encuentro algo que ponerme entre tantos nervios. Y hora de las fotos. Las luces, los espejos, tantos ojos mirándome, el flash, las piernas me tiemblan tanto que yo creo que todo el mundo se da cuenta de ello. Me quedo en estado de shock y encima se me olvida el inglés. Perfecto. No entiendo absolutamente nada de toda esa gente que me dice a dónde mirar, cómo posar. ¿Queda mucho? Quiero salir de esta pesadilla. El suelo resbaladizo. Seguro que ahora me caigo. Cada tres fotos entra Nao a retocar el pelo y a preguntarme… ¿Estás bien? Qué otra cosa puedo responder si no con un… sí.

Pero todo termina. El jefe me dice, you did very well. Que traducido a mi español significa, tranquila, no ha sido tan desastre como tú lo piensas, podremos salvar alguna foto de las 30 que te hicieron. Me cambio, subo, me echan un par de fotos más, pero está vez caseras y sin presión. Qué bien, mucho más fácil. Me desmaquillan un poco.

Nao me da las gracias por haber sido su modelo (pobrecito), pero supongo que tan, tan, tan, tan, tan mal no lo habré hecho cuando me propone ser su modelo en un futuro, pero sólo para su experiencia personal sin fotos de por medio. A lo que digo, por supuesto, y a lo que pienso, gracias por cuidarme tanto, si lo hicieras toda la vida y me siguieras dando esos masajes en la cabeza me casaba contigo.

Y entonces salgo corriendo por Londres con mis tacones intentando no llegar mucho más tarde de lo que ya llego a trabajar. Y llego. Y trabajo.

Y termino y cobro y vengo a casa sin nada más en el cuerpo que dos cafés de plena mañana, con estrés, pero con la tranquilidad de saber que todo ha terminado y que me espera un fin de semana para descansar. Eso sí, en un cuarto que vuelve a estar vacío.

Qué día tan agridulce.


tags: familia, London life, personal

0 comentarios;





Comentar

 

 

«
»