Hará ya algún tiempo, aunque la frase misma y sus derivados todavía circulan por ahí, leí un retweet de un humorista español que decía lo siguiente:
- ¿Tienes facebook? – Sí. – ¿Y twitter? – Sí. ¿Y blog? – Sí. – ¿Y vida? – Abrí una cuenta pero casi nunca la uso.
Me pareció bastante punzante a la vez que graciosa aunque lo cierto es que ciento cuarenta caracteres se quedaron cortos y no dieron para más redes sociales como… Tuenti, Youtube, Flickr, Tumblr, entre otras.
Por mi parte hacía siglos que no actualizaba, recientemente ya no tengo facebook y en mis últimas vacaciones decidí no llevarme lo que para mí era imprescindible, sin referirme a la cabeza o el corazón sino al portátil (algo que me llevó días decidir como si me debatiera entre la vida y la muerte). Pero debo reconocer que aquello no me impidió leer los emails o repasar el twitter.
Aparte de ello también me dediqué a vivir, lo que ha implicado verbos como reír, dormir (más), comer (mejor), querer, llorar, ilusionarme y desilusionarme, pensar, enfadarme, viajar (a casa), viajar (cerca), trabajar, socializar, saludar, ver (películas), ver (personas), despedirme, estudiar, planificar, leer, estresarme antes de relajarme y relajarme antes de estresarme. Quedan por añadir algunos otros pero creo que a estas horas, todavía siendo hoy, algunas palabras se han marchado a descansar. Así como el sentido común y la sensatez.
Siempre me pasa lo mismo y es que cuando paso largas temporadas sin escribir, una vez que vuelvo todo lo que me gustaría decir se apelotona en mi cerebro. Algo así como en aquel capítulo de Los Simpsons donde Montgomery Burns tiene tantas enfermedades que todas luchan por entrar en su sistema inmunológico a través de una puerta.
Volviendo a vivir, me he dado cuenta que cansa, cansa mucho, es estresante y entiendo que hacerlo a través de un ordenador con el pijama ya puesto parezca más fácil e igual de gratificante. Pero no lo es. Afortunadamente.
Me dejo preguntas retóricas e ideas sueltas con las que volveré pronto. Oh no…
Empezar para poco tiempo.
La nostalgia se camufla detrás del cansancio pero la veo venir.
Me siento en el suelo porque de pronto parece el lugar más confortable de la habitación.
Intento frotar fuerte las yemas de los dedos esparciendo el champú infinitamente creando burbujas irrompibles.
Los dedos de los pies parecen haberse pegado debajo de la espuma.
El alcohol de ayer se llevó las preocupaciones lejos pero no me devolvió mis horas de sueño perdidas.
Miro a la almohada con recelo.
Escucho la misma canción una y otra vez, porque a la primera vez no la entiendo, a la segunda me ayuda a sentirme triste y a la tercera me reconforta.
Digo entonces, “hasta la próxima”.
Intento correr y dormir, al mismo tiempo, pero obviamente me resulta imposible.
Al final decido desaparecer de forma selectiva.
Porque yo me fui.
Y fue a partir de entonces.
Al final todos acaban yéndose.