O quizás debería decir los momentos transitorios en lugares permanentes. Son esos momentos que van de unas horas a unos meses precedentes a que suceda algo.
Son, por ejemplo, los meses de verano en madrid en el año 2000, cuando ya sabía que en JETRO me iban a echar del curro. Que verano más asqueroso. O todo el tiempo que pasé en Japón hasta saber si iba a cobrar o no (fue que no). O toda mi estancia actual en Londres hasta que en Oregon me digan que sí o que no.
Los recuerdos de esos momentos me vienen como flashes. Un sandwich y un batido de fresa viendo la tele en mi apartamento de Barrio del Pilar. Me pasé todo el verano durmiendo de puro aburrimiento, todos mis amigos estaban fuera. Entonces aún soñaba que volvería a Japón. Aún no me habían dicho en la Embajada que había gente mucho mejor que yo para las becas Monbusho. Aunque yo ya lo sabía.
Las visitas nocturnas a Wal.Mart después de que se fuera Susana de Beatrice. La carretera que llevaba a Lincoln y al gimnasio Gold’s Gym. Qué gorda estaba. Me pasé todo el mes de mayo preparando la marcha.
Las escapadas al Lawson de los apartamentos de Imazato y Namba, esas noches de octubre cuando estábamos en casa, esperando una solución. Que ricos estaban los nikuman y el mochi relleno de helado…
Ahora. Tengo la cuenta a cero hasta el viernes que cobraré 150 libras (espero). Otro fin de semana sin ir a ninguna parte no sólo por falta de dinero sino por aburrimiento y asco. Mirando por la ventana. Me da igual que ya haga buen tiempo. Yo no debería estar aquí.
Yo no debería estar aquí. Pero es lo que hay. En un lugar transitorio. La situación es la que manda y sólo puedo esperar.