El último viaje de la maleta marrón

  • 29 September, 2008
  • capítulos: general


La maleta marrón comenzó su andadura con un viaje a Viena. Al año siguiente, visitó el Mar del Norte. Pasó del Paraíso (el campo de mis padres)  a un piso en la zona pija de Elche que jamás nos gustó a ninguno. Es demasiado grande para ocupar sitio en un armario, así que volvió a la despensa del campo.

La maleta marrón estuvo en Madrid conmigo y le gustó tan poco como a mí. Pobre Madrid, a la que nunca quise, con todo lo que me ofreció y yo no acepté. Supongo que a ella yo tampoco le importaba. Entonces aún no sabía que ese tipo de ciudades no son para mí. Londres me lo dijo hace poco, y ya me enteré por fin.

La maleta marrón no visitó Japón por primera vez, ni Londres ni a la primera ni a la segunda. En cambio, debido a su extraordinaria característica (es realmente ligera; yo le calculo un kilo escaso), se vino a Japón conmigo el año pasado. Pobre maleta marrón. Sólo vio lo malo de Hoorai (tierra de la luz blanca. Se escribe igual que Shinkiro o Espejismo, y vaya si lo es. Una bellísima mentira).

La maleta marrón fue tratada como una reina a nuestra llegada a Hoorai. La trajeron al día siguiente de llegar yo y no tuve que cargar con los veinte kilos de peso que llevaba dentro.  Y se portó como una campeona en el traslado cuando me desahuciaron. No se volcó ni una sola vez, aunque es algo que le sucede a menudo. “Por mis webos”, me dijo, “no te voy a poner las cosas más difíciles de lo que ya están”.

En el día en que me fui tampoco me añadió problemas. Al contrario, fue ella la que lloró por mí durante el camino de mi piso en Namba al aeropuerto de Kansai.

La maleta marrón esta ahora vieja, cansada, y posiblemente, harta. Se le ha roto el mango y dice que no puede más. Ha viajado hasta Londres, dormido en la habitación diminuta de mi prima (antes fue mía), conocido a Irene, a Juan y a Denise (le cayeron muy bien, y los echa de menos conmigo), y dice que ya está bien. Que no quiere ser una maleta rota más, como esa otra que fue a Hoorai y a Londres las primeras veces y que casi acaba con una amistad (que se congeló de todos modos y ahí sigue, en el congelador). Me sugiere que me compre otra maleta porque ella está hartita y dimite.

Hace dos miércoles se vino conmigo desde esta casa en la que estaba, bendiciendo la mesa y dando gracias a Dios (lo primero no lo había hecho nunca. Lo segundo sí),  a una habitación preciosa que me va a salir cara, pero vale la pena. Luego se jubilará y quedará para guardar ropa de otra temporada. Cuando yo me vaya, ella permanecerá aquí. En una casa enorme dentro del bosque. Anda que no le he buscado un buen sitio. Que no se diga que no sé dar las gracias.

 

 



1 comentario

uno cualquiera, el 1 September, dijo:

le puedes buscar algun uso en el campo que tú sabes, a todos nos gusta volver a nuestros origenes por muchos km que haya por medio…




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