Me entró una nostalgia terrible un par de horas antes de comprar la colonia que llevé a Japón porque quería una fragancia española. Una hora antes de que me llegara el email de Inma. Media hora antes de hacerme un sandwich de pan Bimbo. Un cuarto de hora antes de lavarme el pelo con champú de l’oreal, el que he usado siempre.
Unos segundos antes de darme cuenta de que aún no había terminado febrero.
Lo bueno es que mañana se acaba.
La nostalgia es lo peor.