La culpa no es de las zarzamoras. No se les puede culpar. Si acaso, su única complicidad en la maraña es que se enredan con facilidad, tienen espinas, y cuando llegas ya están ahí. Todas ricas, gordas, rojas y negras, jugosas como ellas solas, por todas partes, al borde de los caminos, y dulces, muy dulces (un poco ácidas también).
No es bueno comer demasiadas zarzamoras porque sientan mal.
En definitiva: las zarzamoras no son específicamente las culpables. En realidad, a ninguna de ellas se les puede echar la culpa. Ni las magnolias, ni el césped, ni los lirios de agua, ni las lilas, ni las flores de manzano. Esta es la cuestión: mirándolo en perspectiva, ni siquiera esas ladinas flores de cerezo tienen ninguna mala intención.
Allí mucha gente llama sakura a las flores de cerezo.
Pero todas están ahí, cada una en su momento, primero las zarzamoras, y entonces las hojas de arce rojas, y al mismo tiempo las setas, hasta un árbol que da kakis. Kakis, por Dios. Y cuando te has querido dar cuenta no has tenido frío en ningún momento. Aunque has pasado gran parte del otoño y el invierno húmeda. Esto es importante: físicamente húmeda, es decir, con el cuerpo mojado por la lluvia. Pero frío, no.
Y entonces vienen todas juntas, prácticamente, la verdad. Bueno, esas (magnolias, flores de manzano, lilas, flores de cerezo, etc. etc.,) igual llega cada una por semana, hasta que están todas juntas. Parece que te contemplan desde lo alto de sus ramas y dicen “mírame, huéleme, tócame, cómeme, siénteme”.
Hay un baby magnolio casi delante de la oficina. El año pasado dio unas magnolias más grandes que mi mano. Ese chiquitajo. Más bajo que yo y ya está dando magnolias.
Cuando yo esté muerta, él seguirá ahí, dando magnolias.
Oh, y las rosas y las camelias. Camellia japonica, se llaman las camelias, en latín.
Ese año aprendí latín.
-Si tanto te gusta Oregón, ¿por qué te fuiste?
No me fui. Sigo allí.
